¿Por qué trabajamos tanto?

Siempre he admirado a mi padre por su capacidad para levantarse cada mañana e ir al trabajo sin necesidad de un reloj despertador. Aunque es un trabajador independiente —maneja un pequeño bazar en el centro de la ciudad—, nunca lo he escuchado quejarse por tener que levantarse temprano, ni tampoco lo he oído decir «podría abrir el negocio más tarde y dormir un poco más». Las pocas veces que se quedó dormido —escribo en pasado porque ya abandoné el nido— lo podíamos escuchar haciendo más de ruido del usual: se vestía rápido y salía en dirección al centro de la ciudad. El retraso nunca fue de más de media hora.

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